La Magia de la Navidad – Cuento

La Magia de la Navidad

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Había una vez en un lugar escondido en el polo Norte una pequeña casa mágica. Por fuera parecía destartalada, una casa abandonada que ahuyentaba a los curiosos. Por dentro, sin embargo, escondía muchos secretos. Y es que más allá de su aspecto antiguo esta casa escondía un gran secreto: era la casa de Papá Noel. La magia actúa así: esconde las cosas de una forma inexplicable. De allí a que tras la puerta de una casa como aquella pudiera esconderse la juguetería más grande del mundo. Muñecos, bicicletas, videoconsolas y monopatines se construían día tras día en su fábrica. Unos duendes pequeños y regordetes, de nariz puntiaguda, trabajan en ella, sin descanso. Aunque lo hacían todo el año, intensificaban su jornada laboral en Diciembre, a partir de la llegada de la primera carta de Navidad.

Pero si había un momento en el que el trabajo se convertía en una odisea, era la noche antes de Navidad. Durante horas y horas los duendes se encargaban de llenar el saco mágico de Papa Noel, capaz de contener millones de regalos. Se trataba de un trabajo muy cansado, pero valía la pena, sobre todo cuando al día siguiente veían la cara ilusionada de los niños abriendo sus regalos- ¡y es que una de las cosas que muchos niños no saben es que los duendes tienen un televisor mágico que les permite ver ese momento!-.

Para Jonás, uno de los duendes más jóvenes de la fábrica, no había mejor día que aquél. Le encantaba acumular los regalos dentro del saco, aunque lo que más le gustaba era el momento antes de que Papá Noel partiera. Era un momento muy emocionante. La centena de duendes iban a despedirlo y él, siempre escogía a uno de ellos para acompañarlo. Jonás vivía ese momento con nervios y soñaba el día en que Papa Noel fijara su vista en él y se lo llevara a ver mundo encima de su gran trineo volador.

Pero aquella Navidad, fue una decepción más. Papá Noel los observó con detenimiento y señaló a uno de los duendes más experimentados. Jonás solo llevaba diez navidades sobre sus espaldas y sabía que era difícil que su momento llegara tan pronto, no obstante, estaba decepcionado. Sabía que trabajaba mucho, el que más. Pero Papa Noel nunca reparaba en él por su falta de experiencia. Aquél día, al contrario que otros años, no se quedó en la sala comuna con el resto para hablar y comer las galletas de jengibre de la señora Noel. Aquél día Jonás regresó a la fábrica, dispuesto a hacer un poco de limpieza antes de empezar a preparar el siguiente año.

Limpió y limpió, tiró goma quemada, juguetes rotos y se deshizo del polvo. Y prosiguió con el sótano, ordenando materiales y cajas llenas a rebosar. En un momento dado, una de las cajas resbaló de sus manos y cayó al suelo, esparciéndose todo por completo. Enfadado consigo mismo, por ser tan manazas, recogió su contenido, pero algo llamó su atención. Dentro de esa caja había una cajita alargada, más pequeña, de color rojo, con un lazo enorme en la parte superior. En el lazo ponía un nombre: Marie.

Inquieto, Jonás dejó la caja sin recoger en el suelo y cogió aquél regalo para llevarlo a la habitación de los regalos perdidos, que era el lugar donde llevaban los regalos que se extraviaban. En esa habitación había una pequeña báscula que, tras colocar el regalo, encendía un proyector que se iluminaba en la pared. En ese proyector se podía ver el destinatario del regalo, y su dirección. Curioso, Jonás colocó el muñeco en la báscula y esperó. En pocos segundos en la pared apareció una niña de cabellos rizados, (tenía que ser Marie, se dijo) y una dirección: una callejuela de Londres. Pero lo que más llamó su atención no fue todo esa información, sino el año que apareció a continuación: ese regalo esperaba llegar a su destino más de 55 años.

Jonás no pudo evitar pensar en Laura de niña, buscando su regalo debajo del árbol. Se preguntó sí, después de aquello, la muchacha había dejado de perder en la magia. Su inquietud fue creciendo, y con el regalo en las manos, empezó a correr y correr, escaleras arriba. Cuando salió al exterior, Papá Noel ya estaba sentado en el trineo, con los renos preparados, dispuesto a irse. Blandiendo la caja de color rojo, chilló su nombre que retumbó con eco entre el valle nevado.

Papá Noel le miró sorprendido. A su lado, el duende que lo acompañaba, lo observaba con el ceño fruncido, molesto por la interrupción. Pero Jonás, no se dejó amedrentar, alzó el regalo y se lo mostró a Papá Noel, decidido. Y le contó su historia. Habló de Marie. Habló de los años que habían transcurrido, de cómo se imaginaba a Marie esperando año tras año un regalo que nunca llegaría.

-¡Tenéis que devolverle la Navidad a Marie!- dijo al fin, sintiendo como la nariz se le congelaba por el frío. Y es que Jonás había salido a toda prisa, ¡sin ni siquiera abrigarse!

Tras unos segundos de reflexión, Papá Noel, se rascó la barbilla, le miró por debajo de sus gafas y dijo, dibujando una sonrisa en los labios:

– Coge ropa de abrigo, Jonás. Hoy tenemos un regalo muy especial para repartir.

Y así es como Jonás consiguió por primera vez ser ayudante de Papá Noel.

Aunque lo más importante no fue eso, sino el rostro de emoción y alegría de la vieja Marie, acompañada de sus nietos, descubriendo un regalo muy especial debajo del árbol. Una muñeca de trapo que de pequeña había deseado con locura.

Y es que la magia de la navidad es así: imprevisible.

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